jueves, 25 de febrero de 2010

LA SALUD DEL TRABAJADOR PROMEDIO


Estoy aterrado de lo traumatico que se ha vuelto el hecho de enfermarse, tanto en el sector público como en el privado. Si a alguna persona, por ejemplo le da gripa debe llegar a su lugar de trabajo con una constancia médica o en su defecto una incapacidad indicando la fecha de la consulta y la cantidad de dias que faltará al trabajo, siendo en la mayoria de casos solo uno (el día que fue a la consulta).



Algunos pensarán en lo trivial de mi reclamo. Pero es que para obtener una constancia médica hay que dirigirse a un hospital y compartir con personas en peores condiciones de salud y claras complicaciones. De cualquier forma con moribundos y medio alentados es necesario esperar un tiempo, que parece eterno, para ser atendido por un médico que no lo va a curar, ni tampoco le va entregar la preciada constancia. Él solo se encarga de valorar su urgencia e indicar si realmente requiere una atención inmediata o no. En términos médicos usted es atendido inmediatamente solo si se encuentra a un paso de morirse. Ahora seria muy obvio pensar en como debemos ser atendidos los que por fortuna no asistimos por casos tan críticos.

Y al final de ese viacrucis se vuelve insoportable cuando al revisar el reloj se hace evidente que ha transcurrido un tiempo considerable, incluyendo horas de sueño. Tanta espera nos hace dudar sobre la pertinencia de asistir al médico por una simple gripa. Más cuando después de recibir por fin la preciada incapacidad, nos exigen autorizarla.

Es más fácil quedarse en casa, atendido como rey por una persona menos experta pero más apacible y amable. Lamentablemente la excusa casera no es válida porque hoy en día no se valora la palabra de nadie.

lunes, 8 de febrero de 2010

Las TIC y yo


Mucho se ha hablado y leído acerca de la famosas Tecnologías de la información y la comunicación (TIC) y aunque se muestra como una necesidad para la transformación de la escuela, no termina de convencerme. Y les voy a decir porque.

En la mayoría de textos nos muestran a los maestros como unos primates de la tecnología, que no concebimos el mundo más allá del tablero y marcador, anquilosados y resguardados del cambio, temerosos de las nuevas tecnologías y sin ningún tipo de interés de hacer parte de la informática educativa.

Pues lamento defraudar a tantos eruditos y afirmarles que no todos somos así. Yo nací por fortuna en una década dónde la transformación de la informática se dió de forma vertiginosa. He crecido con ella y compartido todas sus fases.

Aprendí a utilizar el teclado QWERTY escribiendo en máquina de escribir y el mouse tuvo para mí significado cuando por fin llegó windows en su versión 3.11, que no pasaba de ser una aplicación del sistema operativo DOS. En ese trayecto me he gozado la evolución de los sistemas operativos (con todo y sus complicaciones) y del software de aplicación, que hizo presencia en mi vida con el uso del ya poco conocido wordperfect.

Más adelante pude disfrutar de aplicaciones un poco más complejas que surgieron luego de un adelanto significativo a nivel de hardware. Discos duros y memorias RAM de mayor capacidad, teclados multimedia, pantallas de mayor resolución, entre otros cambios que siguen presentándose. Todos estos avances claro está, se encuentran asociados a un fenómeno que se aparta de la idea de una "supercomputadora" con múltiples funciones, es más bien una evolución del mundo en el marco de una convergencia tecnológica (término al que me referiré en otra entrada). Un claro ejemplo de ello son las famosas redes sociales, cuya intervención en el mundo es evidente, basta ver lo que suciedió con la campaña de Obama gracias al uso de facebook.

Además puedo afirmar que fuí uno de los pioneros en el uso del correo electrónico cuando su capacidad no excedía siquiera los 500MB. Sin contar con otras aplicaciones de internet que antes parecian un sueño.

Así que no admito y no admitiré nunca que sea yo, aquel maestro resignado y poco amable con esas transfomaciones tecnológicas. Este fenómeno nació conmigo y lo tendré que llevar a cuestas porque simplemente ya es parte de mi vida.